Fue en el año 2006, si mal no recuerdo, cuando recibí una invitación por parte del maestro Yang Jun y del maestro Peng You Lian para participar en un evento verdaderamente histórico: el primer simposio fuera de China donde se reunirían las cinco familias creadoras del Tai Chi, junto con autoridades del wushu moderno de China.
La sede sería la ciudad de Thunder Bay, en Canadá, y la duración del encuentro sería de poco más de una semana. Para cualquier practicante serio de artes marciales chinas, una oportunidad así simplemente no se puede dejar pasar.
En ese entonces yo era un joven entusiasta, lleno de hambre por aprender. No lo dudé: preparé mis cosas y decidí invertir lo que fuera necesario con tal de estar ahí.
Un encuentro con la historia viva
El simposio fue, en todos los sentidos, una experiencia extraordinaria. Tuve la oportunidad de conocer a grandes maestros de todas las familias tradicionales del Tai Chi, así como a representantes de la Asociación China de Wushu. Estar rodeado de tanto conocimiento y tradición fue profundamente enriquecedor.
Sin embargo, hay un momento que permanece grabado con especial claridad en mi memoria: mi encuentro con el Gran Maestro Yang Zhenduo.
Desde el primer instante, me pareció una persona sumamente cálida y accesible. Tenía esa presencia que solo poseen los verdaderos maestros: una mezcla de sabiduría, serenidad y sencillez. Era como el abuelo sabio de los cuentos, alguien que guarda enseñanzas profundas y que transmite conocimiento incluso sin palabras.
Decidí tomar sus clases y poner toda mi atención en cada detalle. Cada explicación, cada movimiento, cada corrección, tenía un valor enorme.
Una lección inesperada
Al finalizar el evento, el maestro Peng organizó una exhibición donde todos los grandes maestros presentarían una demostración. Nos reunimos en el auditorio, llenos de expectativa.
Yo, en particular, estaba ansioso por ver la presentación del Gran Maestro Yang Zhenduo.
Durante sus clases nos había enseñado una forma nueva, y muchos esperábamos verlo ejecutar precisamente esa. Sin embargo, cuando pasó al frente, realizó una forma tradicional diferente.
La curiosidad no se hizo esperar.
Al tener la oportunidad de preguntarle por qué había elegido esa forma, su respuesta me sorprendió profundamente… y me hizo reír:
—“No quería que me pasara que se me olvidara la forma en medio del auditorio, así que decidí hacer una clásica.”
La humanidad del maestro
Esa respuesta, tan simple y honesta, me dejó una enseñanza que va más allá de cualquier técnica.
En ese momento comprendí que incluso los grandes maestros —aquellos que admiramos por su nivel, su trayectoria y su conocimiento— también son humanos. También sienten nervios, también dudan, también enfrentan ese momento de vulnerabilidad cuando están frente a otros.
Y eso, lejos de disminuir su grandeza, la hace aún más profunda.
Sentí una cercanía especial con él. Ya no era solo una figura histórica o una autoridad del Tai Chi; era una persona real, alguien con quien podía identificarme.
Una enseñanza que permanece
A lo largo de los años, he recordado muchas veces ese momento. Porque en las artes marciales —y en la vida— no se trata únicamente de alcanzar la perfección técnica, sino de comprender el proceso humano detrás del aprendizaje.
Ese día, en Thunder Bay, aprendí que la verdadera maestría no está en no equivocarse, sino en seguir avanzando con humildad, incluso cuando existen dudas o nervios.
Y quizá esa fue una de las enseñanzas más valiosas que recibí de aquel encuentro.








